El Miserere y San Juan de Ávila

San Juan de Ávila

En la tradición cristiana, se ha llamado siete salmos penitenciales o salmos de confesión a los poemas del salterio numerados como 6, 31, 37, 50, 101, 129 y 142. Originalmente el nombre de salmo penitencial fue dado por la Iglesia primitiva al salmo 50, el Miserere, que era recitado al final del servicio matutino. A comienzos del siglo V, San Agustín de Hipona aplicó el nombre de salmos penitenciales a cuatro de ellos. En el comentario de Casiodoro, siglo VI, aparece la lista actual. La denominación de penitenciales se les dio a estos poemas porque ayudaban a los fieles particularmente a tomar conciencia de su condición de pecadores, ayudando a arrepentirse de las faltas cometidas y a suplicar que Dios perdonase misericordiosamente los pecados.

Los siete salmos penitenciales no solamente fueron recitados con frecuencia por los fieles, sino que también fueron objeto de diversos comentarios y glosas. En la España del s. XVI destacan los comentarios que publicaron Alejo Venegas y fray Pedro de la Vega. San Juan de Ávila no podía ser una excepción en este panorama bibliográfico, y aunque no publicó expresamente un comentario a los salmos penitenciales, y sobre todo al más importante y divulgado de ellos, el salmo 50, más conocido como Miserere, el texto de este importante salmo que tanta proyección tuvo en la espiritualidad y en la música, encuentra frecuente cabida en la obra literaria del Apóstol de Andalucía. Sin ánimo de ser exhaustivos, queremos citar algunos ejemplos para ver cómo el Santo Maestro Ávila, sobre todo en su epistolario, recurría al Miserere con frecuencia para edificar espiritualmente a muchos de sus dirigidos.

Así, en la carta 232, dirigida a un discípulo y cuya fecha de redacción desconocemos, San Juan de Ávila hablando del reconocimiento de los pecados y el examen de conciencia, afirma: Con esta confianza vuestra merced luego se derribe por tierra y diga la confesión general, y después, puestos los ojos en el Señor crucificado, diga vuestra merced: Miserere mei (Sal 50), poniendo cada verso en cada plaga con una viva imaginación y sentimiento de haber sido causa de ella.

Escribiendo a una religiosa (carta 222), y sin abandonar el tema del dolor de los pecados, el Santo Maestro escribía: Éste es el dolor que tuvo aquella bienaventurada mujer, Magdalena, a los pies de Cristo… Lo mismo dio a entender David cuando dijo en aquel salmo de la penitencia: A ti, Señor, solo pequé (Sal 50,6); porque aunque su pecado fue contra Urías, su gran amor que tenía a su Criador hacía que no le doliese cuasi nada, mirando la ofensa del hombre, en comparación de lo que sentía mirando que había faltado en el mandamiento  de su Dios, que tanto amaba.

Uno de los temas más recurrentes en el apostolado avilista era la invitación a poner la mirada en Cristo crucificado, poniendo la confianza en los méritos de su pasión, muerte y resurrección, para alcanzar el tan deseado perdón de las faltas cometidas. En la carta 69, dirigiéndose a una persona, cuyo nombre es desconocido, pero que le había manifestado su deseo de servir a Dios, San Juan de Ávila le animaba a experimentar una profunda renovación de vida contemplando a Cristo crucificado: Mírese en Cristo puesto en cruz, como en un limpio espejo. Haga allí su morada en los agujeros de la piedra, a los pies llagados de su Señor, porque allí como paloma será guardada de sus pecados y demonios y de todo otro mal. Sepa gemir allí, pues es paloma del Señor; y con la sangre que allí hay y con recibir los sacramentos en los cuales está su virtud, será esa ánima lavada y emblanqueada más que la nieve (Sal 50,9).

Pero la invitación a la penitencia y al cambio de vida no era privativa de quienes llevaban una vida de especial consagración, como sacerdotes o religiosas. El magisterio espiritual avilista, de tan fecundos resultados entre los seglares, también contemplaba la invitación dirigida a los laicos para alimentar su deseo de renovación de vida con las palabras del salmo 50, el conocido Miserere. Dirigiéndose a un “señor de estos reinos” (carta 12), el Apóstol de Andalucía le recomendaba: Mírese, pues, y remírese el hombre si tiene dentro de sí conformidad con Cristo; y ansí ligero le será guardar las palabras de Cristo, pues tiene dentro su condición. Y si no, váyase a Cristo y pídale su espíritu, con el cual sea hecho firme, como lo pedía David: ‘Con el espíritu principal confírmame’ (Sal 50,14). Y, en la carta 136, hablando de las almas que dirigía, Ávila le recomendaba a un sacerdote con estas palabras: Lean y recen sus oraciones vocales, pensando en aquello que rezan o en aquello a que rezan, y tengan ojo a la guarda de los mandamientos, y aprendan a tener en merced a Dios que les dé gracia para los cumplir; y si alguna vez resbalaren, vayan al remedio del corazón contrito y humillado (Sal 50,19), y crean que la sangre de Cristo limpia nuestros pecados, y confesando, estén sosegadas.

Son algunos trazos de la inagotable riqueza que contiene una de las composiciones señeras de la Sagrada Escritura, el salmo 50, que como a muchos otros autores espirituales, también le sirvió a San Juan de Ávila para ayudar a sus dirigidos, descubriéndoles el potencial de renovación de vida y de conversión que el Miserere encierra, como haría también sin duda en los numerosos sermones que el Santo Maestro predicó en la Baeza del XVI, cuyas doradas piedras parecen reflejar todavía el ardor de la palabra del Apóstol de Andalucía, a quien esperamos honrar en este año 2012 con el título de Doctor de la Iglesia.

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